De Utrera al Cielo/ Da Utrera al Cielo

GIOVANNI GIACCHI – Fue mi amigo, el excelentísimo Don Carlos Tenorio, quien me dio a conocer Utrera. Él, que es nativo de esta maravilla del mundo, me mostró el camino, un Virgilio novato; un lugar en el que estaban reunidas, casi como hecho a propósito, para mí solo, todas las cosas que han hechizado (hasta el punto de obsesionarme, años atrás) mi mente: el alma profunda y trágica del flamenco, una humanidad austera y cordial e, incluso, la belleza atrofiada y casi marginal de los toros bravos españoles, de los que Utrera es la cuna indiscutible.

Hay que decir que, en los días en los que realizaba este viaje sentimental, el mundo se estaba destruyendo a sí mismo: en Europa, con una crisis planeada y creada en una mesa con el habitual fin de enriquecer a los ricos y mandar a los pobres al otro mundo, con América del Sur y Asia en llamas y guerras en cada rincón, que durarían hasta el momento en que se acabaran las armas que los ricos de arriba producían con mucha antelación. Sufría, como todos, y no solamente por esto. Solamente el olvido de estos tiempos me devuelve un poco de vista. Pero estaba Utrera, que no solamente fue la síntesis de todas las Andalucías, perfecta instalación blanca y hospitalaria a las afueras de Sevilla, sino también la patria de futbolistas y entrenadores fenomenales, como si todos se hubieran reunido aquí para nacer y contarnos una historia inmortal. Aunque se muera fácilmente.

No fue necesario traer el corazón desde otra parte del mundo hasta España para sentir con claridad cómo se unen la gloria y el drama.

José Antonio Reyes se fue hace unos meses y ahora hace un alto, como todas las personas buenas y valientes, en todos nosotros. Ha sido un gran jugador, una alegría para los aficionados al fútbol, el más fuerte de su generación para mí. Ha llevado las camisetas del Real Madrid, del Atlético, del Arsenal, con la sencillez que caracteriza a los hombres más talentosos. Ha ganado con todos los clubes y, sobre todo, con su amado Sevilla –las tres Europa Leagues consecutivas llevan su firma–. Y, para rendirle homenaje, quiero llevarlo conmigo en el viaje de estos cuentos imaginarios. Lo quiero a mi lado, más cerca que cuando pasó por mi lado en el 2007 en Madrid, cuando me encontraba por casualidad en Valdebebas para entrevistar al míster Capello. Hoy todo esto tiene su significado. Quiero que sea su tierra la que me narre lo que ha sucedido durante todos estos años. También Joaquín Caparrós es de Utrera. Su abnegación en el trabajo, la idea de que el fútbol es mejora y esfuerzo, todo esto siempre me ha emocionado. Estaba perdiendo este deporte que tanto me ha dicho detrás de esa pátina vidriosa y falsa en la que quieren confinarlo. Y, en cambio, entrenadores como Caparrós lo han devuelto donde pertenece, como dicen en Italia, han puesto de nuevo la iglesia en el centro del pueblo, allí donde las emociones son auténticas y compartidas.

Y, para este viaje –que es, ante todo, una iniciación a la Belleza de esta tierra–, quiero tomar prestado el gran corazón de Bambino, el talento de Fernanda y Bernarda, de Enrique de Montoya, de Curro y de los miles de artistas de Utrera, que me explican claramente, cómo se hacía en el pasado, que la Ermita, la iglesia de Santa María, las campanas de Santiago, esos campaneros locos, son visiones reales e inmortales del mundo. Como si abriese los ojos y viese por primera vez con cincuenta años.

Nel mezzo del cammin di nostra vita (della mia)… mi sono ritrovato a Utrera. E’ stato il mio amico, l’eccellentissimo Don Carlos Tenorio, che di questa meraviglia del mondo è nativo, a mostrarmi il cammino, novello Virgilio; un posto in cui c’erano, lì riunite quasi l’avessero fatto apposta, per me solo, tutte quelle cose che hanno ammaliato (fino quasi a sommergermi, anni addietro) la mia mente: l’anima fonda e tragica del flamenco, los toros bravos e un’umanità austera e cordiale. C’è da dire che il mondo stava uccidendosi da solo, con una crisi in Europa tanto creata a tavolino da arricchire i ricchi e mandare all’altro mondo i poveri, il Sudamerica in fiamme e guerre in ogni angolo, finché non si sarebbero finite le armi che i ricchi di cui sopra producevano con largo anticipo. Solo la dimenticanza, di questi tempi, ti restituisce un po’ di vista.
Ma c’era Utrera, che non solo era la sintesi di tutte le Andalusie, perfetta installazione bianca e ospitale appena fuori Sevilla, ma la patria anche di calciatori e tecnici fenomenali, come se si fossero dati tutti appuntamento qui per nascere e raccontarci una storia immortale. Anche se si muore facilmente.
Non è stato necessario portare il cuore da un’altra parte del mondo, qui in Spagna, per sentire con nettezza quanto gloria e dramma siano legati.
Josè Antonio Reyes se n’è andato il passato primo giugno a seguito di un incidente stradale. E’ stato un grandissimo giocatore, per me il più forte della sua generazione. Ha passato Real Madrid, Atletico, Arsenal con la semplicità che appartiene agli uomini più talentuosi. Ha vinto con tutti i club e soprattutto con il suo amato Sevilla – le tre Europa League consecutive portano la sua firma. E’ per questo che lo voglio portare con me, accanto a me per insegnarmi le cose come faceva mio padre quando sono stato bambino, nel viaggio di questo libro. Lo voglio accanto, più vicino di quando mi passò a fianco nel 2007 a Madrid, quando ero a Valdebebas per intervistare mister Capello. Voglio che sia lui a raccontarmi quello che è successo in tutti questi anni.
Anche Joaquin Caparros è di Utrera. La sua abnegazione al lavoro, l’idea che il calcio sia miglioramento e fatica, questo mi ha commosso. Lo stavo perdendo, questo sport che tanto mi ha detto, dietro quella patina smaltata e falsa in cui lo vogliono relegare. E invece allenatori come Caparros lo hanno rispostato dov’era, come si dice in Italia hanno rimesso la chiesa al centro del villaggio, laddove le emozioni sono autentiche e condivise.
E per questo viaggio – che è in primo luogo un’iniziazione alla Bellezza di questa terra – voglio chiedere in prestito il grande cuore di Bambino e portarmi anche il mio amico Don Carlos, che mi spieghi con tutta evidenza, come si faceva tanto tempo fa, che l’Almita, la chiesa di Santa Maria, le campane di Santiago, quei matti dei campaneros, sono visioni reali e immortali del mondo. Come se aprissi gli occhi e vedessi per la prima volta, a cinquant’anni.

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